Mi día a día tenía una organización muy concreta: llevar a mi hija al colegio, ir a trabajar, preparar comidas, atender las extraescolares y cuidarla. Me había separado cuando tenía veinte meses y su bienestar estaba en el centro de mis decisiones.
Los fines de semana que no estaba conmigo, iba a casa de la pareja que tuve después. Allí también estaba pendiente de las necesidades de otra persona. El tiempo cambiaba de lugar, pero yo seguía dedicándolo a cuidar y atender.
Mientras tanto, echaba de menos cuidarme, tener tiempo para mí, sentirme querida y valorada. Quería que alguien se ocupara también de cómo estaba yo.
Las responsabilidades habían empezado mucho antes
De pequeña, mis hermanos y yo ayudábamos a mis abuelos con la huerta, los animales y las tareas del campo. Eran costumbres que seguían muy presentes en mi familia, y parte de ese trabajo recaía en nosotros desde muy pequeños.
Mi educación fue muy estricta, con valores patriarcales muy marcados. Cumplir con lo que se esperaba de nosotros ocupaba mucho espacio. Yo no sentía que ese esfuerzo recibiera reconocimiento ni muestras de afecto.
Mi infancia marcó mis relaciones sociales y afectivas. Por eso, al contar cómo fui dejándome para después, necesito mirar también a aquella niña que tenía responsabilidades y echaba en falta cariño. La necesidad de sentirme cuidada tiene un lugar en esta historia desde mucho antes de ser madre.
Quería reciprocidad
Me parece importante ponerle ese nombre. Quería sentir que el interés y el cuidado iban en las dos direcciones. Que mis necesidades tuvieran un lugar sin tener que convertirlas antes en una urgencia.
También necesitaba comprensión. Sentirme suficiente. Había mucho esfuerzo detrás de una semana que, vista desde fuera, podía parecer simplemente una rutina: trabajo, colegio, comidas, cuidados. A eso se añadían preocupaciones y responsabilidades que no desaparecían cuando terminaba una tarea.
Por eso me cuesta reducir todo esto a «tendrías que haberte dedicado más tiempo». Para mí, había una falta de apoyo y de reconocimiento que también pesaba. El margen que tenía era limitado, y sentir que no hacía las cosas suficientemente bien lo hacía más difícil.
Estar pendiente de todos tenía un coste
Hoy describo aquella etapa diciendo que me abandoné. Me centré en contentar a los demás a costa de mi salud mental. Eso me pasó factura más adelante.
No cuento esto para juzgar a la persona que fui. Estaba intentando sostener mi vida con las posibilidades que tenía. Pero quiero poder mirar también lo que necesitaba y estaba quedando fuera.
Cuando hablo de cuidar sin olvidarte de ti, pienso en poder decir «esto me está costando», pedir un reparto más justo o reconocer que necesitas afecto y compañía, además de resolver tareas.
Una pregunta que también te incluye
Si algo de esto te resulta familiar, te propongo escribir: «Estoy cuidando de… y necesito que también se tenga en cuenta…».
Puedes anotar una necesidad práctica y otra emocional. Que alguien asuma una responsabilidad completa. Tener un rato propio. Sentirte escuchada sin recibir enseguida una crítica o un consejo.
Reconocerlo no garantiza que encuentres apoyo de inmediato. Sí puede ayudarte a poner palabras a lo que falta. A mí me importa que esa necesidad no quede escondida detrás de todo lo que eres capaz de hacer.