Cuando mi hija tenía veinte meses, me separé. Desde entonces, su bienestar estuvo en el centro de mis decisiones. Buscaba trabajos de mañana para compatibilizarlos con el colegio, aunque las condiciones fueran malas.

No contaba con apoyo familiar continuado para los cuidados. Tenía que organizarme dentro de ese margen y sentía que la responsabilidad de su educación y sus valores recaía sobre mí.

Era yo quien ponía los límites. Y eso también se convirtió en motivo de críticas.

Intentaba educarla y me hacían dudar

Llegaron a llamarme «madrastra» y a insinuar que mi hija podría odiarme cuando fuera mayor. Son palabras que quiero recoger porque ayudan a entender lo que vivía: a la responsabilidad de educarla se sumaba sentir que lo estaba haciendo mal.

En casa había unas rutinas marcadas y mi hija tenía autonomía. Después de pasar fines de semana o vacaciones fuera, volver a esas costumbres podía resultar difícil. Las normas y los hábitos eran distintos, y ese reajuste me generaba muchos problemas. Era frustrante.

Yo necesitaba sentirme acompañada en esa responsabilidad. Me habría ayudado que intentaran comprender mi situación y reconocer el esfuerzo, en lugar de hacerme sentir insuficiente.

Había miedos que también pesaban

Además de los cuidados diarios, vivía con preocupaciones por situaciones familiares que podían afectar a mi hija. También tenía miedo de perder la convivencia con ella. Ese temor me llevaba a intentar hacerlo todo de la forma más correcta posible.

Lo cuento como un miedo que yo sentía, no como una valoración de lo que legalmente podía ocurrir. Para mí era parte de la presión con la que vivía aquella etapa.

Cuando hablo de maternidad, necesito incluir todo eso: lo que haces, lo que piensas mientras lo haces y la falta de apoyo que puedes estar sintiendo.

Yo también necesitaba cuidados

Entre el colegio, el trabajo, las comidas y las extraescolares, fui dejando de atenderme. Echaba de menos tener tiempo para mí. Sentirme querida y valorada. Que alguien se preocupara también por cómo estaba yo.

Hoy puedo nombrarlo, pero no quiero contar mi historia como si se hubiera resuelto con organizar mejor una tarde. Había una necesidad real de apoyo práctico y emocional.

¿Qué apoyo te falta a ti?

Si te reconoces en este relato, te propongo escribir dos frases: «Me ayudaría que alguien se encargara de…» y «Necesitaría sentir…».

Puede que una respuesta tenga que ver con compartir una tarea y otra con poder hablar sin recibir críticas. No son necesidades incompatibles. Puedes necesitar ambas.

Me gustaría que este artículo ofreciera ese reconocimiento que yo echaba de menos: cuidar de una hija implica mucho más de lo que se ve desde fuera. La persona que sostiene esos cuidados también necesita ser escuchada y tenida en cuenta.