Al mirar mis relaciones, reconozco algo que se repitió en todas: cuidaba a los demás y dejaba mis necesidades de lado. Me centraba en lo que la otra persona necesitaba, en dedicarle tiempo, en contentarla. Mientras tanto, yo echaba de menos sentirme cuidada, querida y valorada.
Me costaba poner límites. También me costaba reconocer qué estaba bien y qué estaba mal en mis relaciones. Ahora puedo hablar de ese patrón, pero entenderlo me llevó mucha terapia.
Estaba pendiente de dar suficiente
Una de esas relaciones fue a distancia. Mi hija tenía tres años cuando empezó. Entre semana, mi vida estaba organizada alrededor del colegio, el trabajo, las comidas, las extraescolares y los cuidados. Los fines de semana que ella no estaba conmigo, iba a casa de mi pareja.
Allí atendía sus necesidades y me sentía mal si pensaba que no le dedicaba el tiempo que merecía. Yo también quería tiempo para mí, afecto y reciprocidad. Pero seguía centrada en lo que tenía que dar.
Esa relación es un ejemplo concreto de algo más amplio. Al mirar las demás, reconozco esa misma forma de dejarme de lado. La sensación de no estar dando suficiente convivía con todo lo que yo necesitaba y no estaba atendiendo.
El deber había ocupado mucho espacio en mi infancia
Crecí con una educación muy estricta y valores patriarcales muy marcados. Desde pequeños, mis hermanos y yo teníamos responsabilidades en las tareas de mis abuelos. Sacar buenas notas, ser buena hija, hermana o nieta era «mi deber».
Lo negativo se señalaba. Lo que hacía bien se daba por hecho. Yo no sentía reconocimiento ni recibía las muestras de afecto que echaba en falta.
Mi infancia marcó mis relaciones sociales y afectivas. Al hablar de mi necesidad de sentirme querida y valorada, esa parte de mi historia también está presente.
Me costó mucha terapia entenderlo
Hoy lo describo como un patrón autodestructivo porque me llevaba a dejar mis necesidades de lado, una y otra vez, a costa de mi salud mental. Uso esa palabra para hablar de lo que me hacía daño, no para definirme a mí.
Comprenderlo requirió mucha terapia. Por eso me cuesta reducir esta experiencia a una frase como «tienes que poner límites». Yo no sabía hacerlo y tampoco tenía claro qué estaba bien o mal dentro de mis relaciones.
Poder reconocer ahora lo que se repetía es parte de ese trabajo. No quiero contar el proceso como si hubiera bastado con darme cuenta un día y decidir que todo iba a ser diferente.
¿Qué se repite en tus relaciones?
Si te reconoces en algo de lo que cuento, puedes empezar por una situación concreta: ¿de qué estabas pendiente?, ¿qué necesitabas tú?, ¿pudiste expresarlo?, ¿qué ocurrió cuando lo hiciste o cuando intentaste poner un límite?
Si miras otras relaciones, ¿encuentras algo parecido? No hace falta forzar una respuesta ni concluir que toda tu historia es igual a la mía. Estas preguntas pueden ayudarte a poner palabras a lo que vives.
Un ejercicio de escritura puede abrir esa reflexión. En mi caso, necesité ayuda profesional para entender el patrón. No quiero que este artículo haga parecer sencillo algo que a mí me costó tanto comprender.
Yo también quería recibir
Quería que me entendieran, sentirme suficiente y que me cuidaran. Quería reciprocidad. Esas necesidades forman parte de mi historia tanto como todo el esfuerzo que puse en cuidar a los demás.
Hoy, al contarla, quiero darles el espacio que durante tanto tiempo fui dejando para después.